El proceso fundacional de la ciudad empieza con la toma de la bahía a principios de 1724 y culmina en los primeros días de 1730, con la instalación del primer Cabildo. Montevideo se convierte así en una ciudad "sui generis", ya que no tiene una fecha determinada de nacimiento.

 

Si bien ya en enero de 1724 Bruno Mauricio de Zabala pide a Buenos Aires el envío de familias dispuestas a habitar en la incipiente aldea, en Montevideo la fortificación precede al poblamiento. Primero se levantaron la batería provisoria- de seis cañones -de San Felipe (en donde luego estaría el Fuerte de San José) y un fuerte y capilla, en donde posteriormente se construyó el Fuerte de Gobierno, actual ubicación de la Plaza Zabala, por parte de mil indios tapes venidos de las misiones, bajo el diseño del Ingeniero Francisco Petrarca.

 

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"Se puede decir entonces que se comienza casi en cero. No va a haber ni una religión, ni técnicas, ni arte, ni gobierno, ni determinadas maneras de pensar el lugar que alteren, notoriamente, la forma, la ubicación y las costumbres del colonizador", afirma Marta Canessa, agregando que "San Felipe y Santiago llevará la marca de la España dieciochesca, en una España ya en pleno quebranto, no la del conquistador de brillante armadura y de codicia y valor desenfrenados ante el descubrimiento de las riquezas americanas, sino la de la España vencida y empobrecida de los reyes franceses que intentan, con manotones de ahogado, detener una decadencia económica que se traga las últimas monedas de oro del Nuevo Continente".

 

Prácticamente de la nada, un imperio español devaluado debía levantar una centro poblado en un lugar neurálgico, y no cabían dudas que la empresa no sería fácil.

 

Finalizada la etapa fundacional, la amenaza indígena fue muy grande, temiéndose que la novel población corriera igual suerte que la primera fundación de Buenos Aires, abortada en 1536. Las muy necesarias fortificaciones, máxime tratándose de una enclave militarmente estratégico en la región, comenzaron a construirse en 1741. Diego Cardozo, sucesor de Petrarca, fallecido en 1736, inicia la erección de la muralla en torno a la ciudad, con la Ciudadela como principal edificación. Esta no estaría situada en las inmediaciones de las actuales Avenida 18 de Julio y Río Negro, como había propuesto su antecesor, sino en la ubicación actual, ocupando media Plaza Independencia de la actualidad.

 

La razón del acortamiento de este elemento defensivo se debió a razones fundamentalmente económicas, ya que se carecía de recursos enviados por la Gobernación de Buenos Aires y menos del Virreinato del Perú.

 

En octubre de 1741 se colocan las primeras piedras de la Ciudadela, pequeño fuerte conectado con la ciudad por la Puerta, que restauraciones mediante, está actualmente en su sitio aproximado. Una zanja y un puente levadizo (sobre la hoy Peatonal Sarandí) separaban a la fortaleza- que tenía cuatro baluartes en sus puntas -del núcleo urbano. En el lado opuesto de la construcción había una capilla, en el sitio donde hoy está el monumento a General José Artigas.

 

Esta fortificación tiene una clara influencia del ingeniero militar francés mariscal de Vauban, hombre de confianza del mismísimo Luis XIV, que ideó en la segunda mitad del siglo XVII una concepción constructiva en donde lo estético era sacrificado en pos de las necesidades estrictamente militares.

 

Desde la Ciudadela partían, en forma oblicua hacia ambas orillas de la península en donde se ubicaba el trazado de calles, las líneas de murallas que encerraban a la aldea colonial y marcaban su vida.

 

Las murallas remataban al norte y al sur con sendos baluartes defensivos llamados "cubos", de forma semicircular, de los cuales el segundo mencionado aún subsiste, en la Rambla Sur, frente al Templo Inglés. Cada tantos metros había baterías en la línea de defensa (las de San Francisco, de San Carlos, de San Sebastián).

 

Al norte, sobre la hoy Rambla 25 de Agosto de 1825, se construyó el Fuerte San José, hacia 1746, y las Bóvedas, 34 casamatas utilizadas como polvorines, fabricadas aproximadamente en 1794.

 

Se ingresaba al recinto fortificado por dos portones: el de San Pedro, el primero erigido y por eso llamado "Viejo", próximo a las actuales calles 25 de Mayo y Bartolomé Mitre, y el de San Juan, cerca de la esquina de Ituzaingó y Reconquista.

 

Merced a una reconstrucción virtual de la Ciudadela (que luego fuera mercado) realizada en los años '90 del siglo XX por un equipo dirigido por el escritor e ingeniero Juan Grompone, en base a fotos de 1876, se calcula la altura de la muralla en doce varas, o sea, 10,80 metros.

 

Al amanecer y al anochecer, un cañonazo anunciaba la apertura y cierre de los portones, no faltando al decir del memorialista Isidoro de María, alguna lavandera que pernoctó "con el atado de ropa fuera de portones", a merced de las ratas que abundaban contra los muros.

 

Pasteleros, verduleros, vendedores de velas, carbón y leña entraban a hacer su trabajo. Recién sobre el final del período de dominación colonial, los portones estuvieron siempre abiertos, presagiando el final de una etapa en la vida de la ciudad.

 

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En agosto de 1829 la Asamblea General Constituyente determina la demolición de las fortificaciones "de la parte de tierra de Montevideo". Al mes siguiente empieza efectivamente a tirarse abajo aquel para muchos "signo oprobioso" de un pasado colonial español que debía ser prontamente olvidado. Se comienza en las cercanías del Portón de San Pedro, y en cinco sitios más del trazado amurallado.

 

Cuando las murallas caen, un diario de 1829 habla de que "Al fin desaparecerá ese monumento que sólo ofrecía a la imaginación recuerdos ominosos", y que era "una especie de dique que tenía como represa el progreso de la población de Montevideo". Artigas ya había querido derribarlas. La ciudad, liberada del corsé que le impedía crecer, empieza a buscar nuevos horizontes.

 

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Fragmentos de "Breve Historia de Montevideo", de Alejandro Giménez Rodríguez (Ediciones El Galeón, 2003)

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